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Cómo comerse un picadillo de perro

JOSE LUIS

Sainete en cápsulas

La gastronomía venezolana ha virada su forma y estilo, para hacernos degustar del plato de la supervivencia, ante la arremetida atronadora de la necesidad casi espectral del hambre, cuya virulencia parece un dictamen en los hogares venezolanos, pues no se come lo debido sino lo conseguido, siendo en la mayoría de la veces de bajo nivel alimenticio.

Hemos recurrido a unas inapropiadas alternativas de degustación. Nuestros nuevos menús no complacen al paladar y muchos menos subsanan los requerimientos gástricos. Un trozo de carne es un esfuerzo visceral. Probar un pollo es una panacea inalcanzable, si se media un presupuesto regido por la deficiencia.

El hambre no conoce de discursos inflamados o de ideologías desgañitadas de improperios al adversario, pues la mesa no tiene nada encima del mantel y el rostro se desencaja a diario al frente del espejo. No son alarmantes realidades de alguna barriada recóndita de calles empolvadas. Esta angustia se despelleja en el núcleo familiar del vecino y al abrir la puerta de nuestros propios hogares.

Según un informe de Venebarómetro, sólo la mitad de la población venezolana come tres veces al día. En lo más mínimo son exageraciones panfletarias, ni jugarretas histriónicas o una ocurrencia de súbito de un escritor de novelas terroríficas. Este es el cotidianismo nacional, pues nuestra dieta se encuentra mermada por la sostenida escasez de productos básicos y esa escalada inflacionaria que le sonríe al abuso.

Pero ahora la fauna urbana se ve amenazada por los nuevos depredadores de esta selva de concreto. A falta de esa suculenta ingesta de manjares exótico o el morder con ensoñación un muslo de pollo, nos corroe el ingente llamado de las tripas a borbotones y sin indulgencia atropellamos a los animales citadinos, como solución alimenticia.

El alcalde Ramón Muchacho lanzó semejante denuncia en las redes sociales que poco sorprendió a los incrédulos. En Chacao hay personas que cazan perros, gatos y palomas en las plazas, porque no tienen nada para comer. Nadie arrojó alguna risotada, ni generó estupor. La quincena es un adorno de cartera que se esfuma en un santiamén, pues no permite desarrollar una programación semanal de la comida ni la cancelación de los servicios primordiales.

El recién aumento de 30 por ciento del salario mínimo sólo generó análisis furibundos de no alcanzar para comprar una lata de atún o un huevo, mientras las vitrinas comerciales elevan sus pocos insumos hasta dos veces su valor. La propia Fedecámaras reconoce con desazón que el tan desganado aumento quedará pulverizado en dos meses de inflación.

Ver a familiares, amigos y compañeros de trabajo disminuir su complexión física por una delgadez forzada por esta economía al garete, llena de perturbación e ira contenida, mientras los personeros del Gobierno dedican su tiempo a amenazar destempladamente a los funcionarios públicos que osaron firmar para deslastrarse de un sistema cosechador de pobreza masiva.

El hambre impasible llega hasta los cuarteles. Cuando se supo de la noticia de que 6 funcionarios del Ejército fueron detenidos por darse a la tarea de robar igual número de chivos, por no tener nada para comer en el comedor del fuerte, permite entender que llegamos al clamor de las neveras vacías y en cualquier momento me apertrecharé con alguna lanza, cuchilla o implemento filoso, y dejaré probablemente sin mascota al vecino.

 

   

MgS. José Luis Zambrano Padauy

Director de la Biblioteca Virtual de Maracaibo “Randa Richani”

zambranopadauy@hotmail.com

@Joseluis5571

José Luis Zambrano Padauy
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