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El gran bazar del arte estomacal

JOSE LUIS SAMBRANO 12

Los comentarios exclamativos revolotean sin cesar, mientras la admiración hacia cada insumo sobrepasa los niveles de lo inaudito. El Zulia puede ostentar sin tantos aspavientos, el convertir a sus supermercados en una galería de exhibiciones contradictorias, pues sus estantes comienzan a tener productos impropios que sólo pueden ser preciados objetos de muestra, para corroborar a ciudadanos incrédulos de su existencia, sin lograr sufragar sus costos ante una economía con una sinrazón de marca mayúscula.

  “¡Oh, qué hermoso!”, profiere con sorpresa una ingenua ama de casa, cual si se extasiase con alguna desventurada obra de arte de antiquísimos tiempos, cuando sólo está sobando en su estupefacción, a un simple, peculiar y tal vez colorido empaque de mantequilla, cuyo valor exclusivo excede el racionamiento financiero, al mostrar un descomunal costo de tan desmedidas proporciones, que pudo exprimirse la vaca para sacarle el néctar lechero y convertir ese producto de untar en un caviar moderno.

Desde hace varias semanas, muchos de nuestros comercios y sitios de expendio ofrecen a sus usuarios, anaqueles suntuosos, atiborrados con salsas de tomate, azúcar, aceite, pastas dentífricas, jabón, papel higiénico y una serie de rubros de primera necesidad colombianos, que sirven de recordatorio sobre la desproporción existente entre las dos monedas, al valorarse en un precio que desquicia a la calculadora de nuestro presupuesto.

Algunos avezados economistas han llegado a afirmar que Maracaibo podría ser la ciudad más costosa del país. Probablemente se instituya como la más pintoresca, donde seamos evaluadores del arte de los comestibles del vecino país y visitemos los locales comerciales para catar su confección, como si proviniese del ingenio industrial de algún Miguel Ángel, Goya o Rodin.

Si el aparato productivo se encuentra desmenuzado ante las distorsiones de nuestro escueto, indigno y poco práctico sistema comercial, ahora en los fines de semana se estableció el nuevo tour del consumo. Hace poco más de una semana se volvió a abrir temporalmente la frontera con Colombia y ante el aturdimiento internacional, en un sábado y domingo turísticos cruzaron más de 130 mil venezolanos por la consecución de medicinas y alimentos, convirtiéndose en una atemporal “Miami” de tiempos añejos.

El monumento a lo insólito es observar a productores del campo pasar estos linderos para abastecerse de semillas, abono y medicina para sus animales, cuando el Gobierno en su perorata acostumbrada, refiere su apoyo al desarrollo agroindustrial y hasta ha propiciado cosechas urbanas.

Entretanto, en esa procreación de artilugios y hacedores de las soluciones imaginarias, contamos ahora con la Gran Misión Abastecimiento Soberano, con una delegación de facultades militares casi de estado de excepción, mientras los comercios siguen cerrando, la inflación reproduciendo sus dígitos y los ciudadanos palideciendo por la visita del hambre a sus hogares.

Ante tanta cercanía neogranadina y una cotidiana e interminable descomposición económica, terminaremos elevando a Escalona a personajes propios, instaurando el acordeón en los acordes de la gaita y hasta haciendo a la hallaca como pastel de arroz.

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