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Comprar comida en Guarico es un trabajo de Bachaco

 

CAR04. CARACAS (VENEZUELA), 12/01/2015.- Una trabajadora de un supermercado público cobra los productos a un cliente hoy, lunes 12 de enero de 2015, en Caracas (Venezuela). El titular de la Defensoría del Pueblo de Venezuela, Tarek William Saab, dijo hoy que busca "humanizar" el trato a la ciudadanía que en un marco nacional de escasez se ha visto obligada a hacer filas ante los comercios para comprar alimentos. EFE/Santi Donaire

San Juan de los Morros.La luz de retroceso de un camión que se estaciona frente a una bodega o en un Abasto o un Mercado de de la capital guariqueña es el llamado para que muchos salgan de sus casas a formarse en fila a la puerta del comercio aún sin importar con qué mercancías se abastecerá ese puesto de comida en Venezuela, un país que late al ritmo del “no hay”.

La mayoria de reconocidos economistas sostienen que en Venezuela, el país petrolero con las mayores reservas probadas de crudo en el mundo, es difícil determinar cuál es el nivel de escasez y desabastecimiento que ha permitido la formación de un mercado paralelo que se sirve de la crisis.

“Si alguien sales a intentar comprar diez productos básicos, si acaso consigues podrás encontrar dos o tres”, explicó a la agencia de noticias internacional EFE el analista económico Luis Oliveros para traducir el dato de 70 u 80 por ciento de escasez que estima actualmente en el país.

En toda la nación existe un segundo idioma a la hora de las compras, el del ”, es la nueva forma en que los Guariqueños y venezolanos llaman a los revendedores de alimentos -una alusión a un Bachaco obrero que carga comida de un lado a otro-, artífices de un mercado negro mucho mejor abastecido que el formal.

Es el  nuevo mercado que confluye el “bachaqueo”, “el bachaquero”, el oficio de “bachaquear” y lo que Josefina Carpio habitante de Brisas del Valle, una ama de casa de lo que llaman el  interior del país, llama “precio de bachaquero”, verbo y sustantivo de un suculento y lucrativo oficio fortalecido por la enorme escasez venezolana.

De hecho Rosa Tirado , una peluquera de 24 años, no llegó hoy a su puesto de trabajo en un exclusivo centro comercial que funciona en el centro de San juan de los Morros porque, la noche de ayer decidió con unos amigos del barrio que se irían en la madrugada a ponerse en espera en la puerta de un reconocido supermercado y comprar unos cuantos productos que pudieran “bachaquear”.

Estuvo por mas de siete horas en la cola, pero cuando el camión de mercancía descargó los productos en la tienda fue una de las primeras en entrar, y su mayor sorpresa fue que solo llegó desodorante, champú y una crema de afeitar y, según las reglas, solo se venderían dos por persona.

Pero Rosa, eso es mas que  suficiente para vender un combo a un compañero de trabajo por 20.000 bolívares, diez veces más de lo que pagó en la tienda, una ganancia que equivale a lo que ganaría si en un día hubiera hecho unas 15 peluquiadas o cortes de pelo.

Sin embargo, la morena, que se declara una experta para hacer negocios y que volverá esta noche a casa a dormir por un día entero para reponerse de la paliza que fue ponerse a las puertas del supermercado, no podrá volver a repetir la operación hasta el próximo viernes.

Es que ese es el único día de la semana que los comercios pueden vender productos regulados a las personas cuyo número de cédula termina en 0 y 9, porque el día lunes irán los que terminan en 1 y 2, el martes 3 y 4, los miércoles 5 y 6, y los jueves 7 y 8.

Mientras más grande es el comerció más grande es la cola de quienes se forman cada mañana en la puerta o de quienes incluso duermen desde la noche anterior para ser los primeros en entrar.

Una rutina que saca de sus oficinas  o centros de trabajos  a los Sanjuaneros todo un día a la semana para poder comprar lo que ese día haya traído el camión.

En el caso de Alfredo Carrasco, un mototaxista de 38 años, nos señala que es “tan rudo” porque a su esposa le toca los miércoles y a él los jueves, así que las compras pueden ser más completas.

“A veces va ella y lo que hay es pasta, y yo vuelvo al día siguiente a buscar algo más y lo que terminan vendiendo es pasta otra vez, un día la redondita y otro día la larga”, cuenta el mototaxista para retratar estos  días en los que tiene que convertirse en “bachaquero propio”.

“Pues entonces comemos solo pasta, qué más se va a hacer”, agrega.

Cada nuevo día vuelven los camiones que rugen en las calles llamando a una manada que vuelve a las puertas de algunos mercados ahora, esperando que descarguen las mercancías que los empleados no llegan ni siquiera a acomodar, porque a final de cuentas en pocas horas ya no quedará nada de esos preciados bienes.

Las personas entran como una ola barriendo con los productos subsidiados aún si no los necesitan, porque quizás algún vecino lo pueda intercambiar por algo más.

Quedan intactos los pasillos de productos importados o de lujo, que solo pueden pagar unos pocos venezolanos más adinerados a quienes el ruido del posible camión  que aún no ha llamado.

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